jueves, 24 de octubre de 2013

Capítulo 17

-¿Cómo saber si alguien te odia?
Esa pregunta le llega como un jarro de agua fría. No se esperaba nada de eso, pero, a pesar de todo, responde lo más rápido posible.
-Pues... no sé. Pero supongo que será cuando te mira con mirada agradable, una sonrisa de ironía con una cara horrible, si suspira cada cinco segundos cuando habla contigo. Y creo que también cuando intenta evitarte cuanto más puede.
-Vale.
-¿Por qué preguntas?
-Por nada.
-Ainhoa. Uno, es muy raro que me hagas una pregunta. Dos, no paras de mirar al estúpido reloj del ayuntamiento. Tres, llevas tres días mínimo pegada a mí. Cuatro, no me has gritado ni una sola vez...
-Ya te he entendido, Irati, ya te entendí.
-Bien.
La rubia niega con la cabeza. Ainhoa es increíble. Un día, puede estar hecha una furia como en el siguiente puede pegarse a ella como un perrito indefenso que necesita a alguien todo el rato, porque tiene una herida en la pierna, o como el perro de Leo, como está ciego, lo tiene todo el rato a su lado, para poder cuidar de él.
-Bueno, ¿a qué se debe todo esto? -explota Irati.
Ainhoa se queda perpleja, mirando a su vecina, a la que todavía no ha llamado amiga en su vida, a pesar de que puede que en esos últimos días, haya podido empezar a serlo.
-¡A nada, imbécil! ¿A qué se puede deber? ¿No te has oído a ti misma? ¡Puff! -exclama enfadada Ainhoa, con su mismo aire de siempre.
-¡Por fin!
-¿Por fin?
-¡Sí! ¡Por fin dejas a un lado tu gilipolleces! ¿No te das cuenta de que estos tres días has estado más que rara? ¡Cómo si Carlos hubiera cambiado a alguien por ti!
-Pues no me importaría que lo hiciera... -murmura bien bajito.
-¿Qué? -pregunta la otra que no ha oído nada.
-Nada, nada... ¿es que acaso a ti te importa?
Irati sonríe maliciosamente.
-Volvemos a estar como antes, entonces. Bien, volvemos a ser amigas.
-¿Antes éramos amigas?
-Lo éramos, y lo seguimos siendo, pero a nuestra manera, idiota. Peleándonos, casi sin soportarnos y la una incordiando a la otra. Así es nuestra amistad.
-Buena definición.
Ambas se quedan calladas, Ainhoa sigue vestida con su ropa de siempre, mirando los extraños colores de aquella vestimenta que le han traído de los humanos.
-¿En serio que los de arriba se visten así?
Irati estalló en una carcajada al ver la cara de asco de Ainhoa, algo que hizo enfadarla, pero, al fin y al cabo, tenía razón, volvían a ser las de antes. Y menos mal.
-¡No te rías! -chilla.
Irati se gira y sigue riéndose silenciosamente.
Ainhoa, mientras, aprovecha para vestirse esos pantalones pegados negros tan brillantes y esa camiseta de tirantes con flecos blanco y negro.
Cuando Irati se gira, no puede creerse lo que ve. Es extraño. Pero le parece bonito. Y no puede permitir decir nada bonito.
-¡Te queda fatal! -suelta pensando lo contrario.
-Haré el sacrificio. -responde la muchacha.
Ainhoa mira las extrañas cosas que tiene a sus lados donde pone su nombre, un apellido falso y un teléfono que le acaban de dar, como todos los años hacen, repitiéndolos pero con distinto móvil. Tiene dos maletas negras.
-¿Has mirado qué tipo de ropa tienes ahí dentro? -pregunta Irati, curiosa.
-Todo es parecido a esto. Lo llaman lujo. Pero no sé yo...
-¡Venga! ¡Que ya te escribo yo todas las semanas para contarte las historias del viejo Damián! De eso no te librarás ni en sueños.
-Gracias, supongo pues.
-De nada, supongo yo también pues.
A Ainhoa, una de las cosas que más rabia le dan de la rubia son los juegos de palabra que ella a veces hace a la hora de responder, y que sigue haciendo porque sabe que le sacan de quicio.
-Bueno, esto es un adiós.
-Sí... pero piensa el lado positivo. Ahora no tendrás a una vecina amargada.
-Ni tú a una cotilla que te cuente todo.
-Estará Valeria.
-Ya, pero ella no es como yo.
-Es verdad... es mucho peor.
Las dos sonríen y se dan un abrazo, ¿quién diría a esas dos chicas que algún día se dirían eso? Y sobre todo después de todas las peleas que tuvieron de pequeñas porque Ainhoa se tuviera que quedar en casa de Irati todos los días.
Aunque ahí fue, donde, sin querer, comenzó la extraña amistad de las dos.
Porque, al fin y al cabo, hay algo que aquellos días ha cambiado, puede que sea por la niebla, cada vez menos espesa, puede que sea por los grises que cada vez son más claros. No saben la razón, pero hay una. Ya que, para que esas dos se hayan perdonado todas las cosas que se han hecho, a pesar de que siempre se han considerado, en algún lugar de ese negro corazón, amigas.

-Me ha roto el palo. -se queja Irati.
-Porque es tonta. -contesta Ainhoa.
-Tú todavía más. -responde Irati.
-No tú.
-Tú.
-Tú.
-Tú.
-Callaos las dos. Sois igual de tontas una de la otra. -contesta el hermano mayor de Irati: Bruno.

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