sábado, 26 de octubre de 2013

Capítulo 18

-Regla número uno: nada de decir quiénes somos. Regla número dos: nada de poderes si no es necesario. Regla número tres: no os alejéis de la Puerta. Regla número cuatro: no andéis con los de la ADM, pero eso no hay ni que decirlo. Regla número cinco: cumplir cada cosa que los poderosos os manden cada semana.
Todos están raros, con ropa muy rara. Pero lo que más extraña a Ainhoa es la ropa que usa Viva, no tiene pantalones y nada le tapa sus morenas piernas.
-¿Entendido? -dice con desgana una de las poderosas más vagas de todas, como todo lo demás que ha dicho en todo el viaje hasta la puerta.
-Sí. -contestan todos a la vez, también con desgana, ante la mujer.
-Cuando paséis la Puerta os encontraréis con tierras verdes y mucha luz, puede que os haga impresión al principio, pero notaréis que os cuesta respirar muchas veces, para eso, os tendréis que meter por donde sale vuestra voz, partirlo con vuestros dientes, a pesar de que es bien blandito y luego le tendréis que pasar como vuestra saliva. Tomaos esas cajitas y, cada día, os cogéis una, y cada mes, un tiempo que tendréis señalado en los números que señalan los días. Si necesitáis cualquier otra cosa aquí tenéis a Nana, trabajará como gato de vuestra casa, pero será quien os vigile y os guíe en algunos momentos.
Cuando termina la breve explicación con tanta desgana y voz tan irritable, Elías se destapa los oídos y mira a su alrededor, prefiere no saber nada sobre nada, y Ainhoa observa todos los gestos de él, está cambiado, y el cambio no le queda nada mal.
<A Viva y Perrito tampoco le queda mal, y Valeria... la ve igual, siempre con la misma expresión en la cara y con todo igual. Y luego dicen que Viva es como los humanos.>
Elías sonríe, y Ainhoa no entiende nada, pero gira la cabeza y sigue a su rumbo.
-Y una cosa más. Os pedirán vuestro nombre, lo cual todos sabéis, pero también os pedirán una cosa que se llama apellido, porque hay mucha gente que se llama como vosotros ahí afuera, y también son diferenciados por aquella manera.
-¿Y qué? -pregunta Valeria, desagradable. -¡Decimos que no pensamos decirlo y ya está!
-No solo os lo pedirá la gente, también otros que están en un nivel superior y que necesitarán ver también vuestra edad y de dónde sois... esas cosas. Y claro que tenéis que mentir sobre vuestra verdadera identidad.
-¿Y para qué nos enviáis a la superficie? -pregunta Elías, curioso.
-Pues porque también necesitamos información sobre cómo son, por si a alguno se le ocurre pasar por la puerta, ¿con esa respuesta te basta? -contesta con desgana la mujer.
-¿Y los apodos? -añade Perrito, (Enara).
-¿Y la manear de vivir? -sigue Fabio.
-No soy buen mentiroso. -termina Leo.
-Los apodos no están permitidos, sobre todo porque ahí todo el mundo está vivo, y hay muchos perros. A la manera de vivir os iréis acostumbrando, yo nunca he subido así que ni me preguntéis más cosas como esas. Y no hay que ser buen mentiroso, simplemente, saber decir verdades a medias. Ahora, tenéis que coger esos trozos de plástico que tengo en la bolsa, cada uno el de su nombre, y os lo guardáis, como lo perdáis, estáis perdidos. Si la gente os pregunta por él, lo llamará como DNI.
Uno por uno, todos van cogiendo ese trozo de plástico, DNI, o como sea, y cada uno va mirando todo lo que aparece ahí. Cuando le llega el turno a Ainhoa, esta, pone una cara rara.
-¿Qué pasa? -pregunta Viva, a la que ahora no se la puede llamar así.
-Soy... soy yo. -contesta señalando el cuadrado en el que se ve otra ella paralizada. -¿Qué me han hecho?
-Pues yo soy Nerea Fuentes Castillo, tengo quince años y soy de... ¿Lodosa? ¿Navarra? -pregunta ella desconcertada.
Perrito se une a ella y mira para diferenciar los trocitos de plástico.
-Yo soy Enara Castillo Gómez, tengo también quince años y soy también de... ese lugar.
Ainhoa mira la suya, tampoco es que estén comparando, pero bien a las tres les parece todo raro, no puede evitar sentir vibraciones malas dirigiéndose a la otra ella petrificada.
-Ainhoa Lasa Núñez, dieciséis años, Logroño, La Rioja. -susurra Elías, mirando por encima del hombro de la muchacha.
-¡Oye! -exclama ella un poco enfadada.
-¿Y tú cómo eres? -pregunta amablemente Nerea Fuentes Castillo.
-Elías Montes Velázquez, dieciséis, Madrid, Madrid.
-¿Y el Rudolf no necesita? -dice Leo, después de levantar la mano.
-Curioso nombre para un perro, y no. -contesta con desgana la muchacha.
Todos siguen compartiendo cómo son, todos con todos, menos Valeria, Omar y Fabio, en una esquina, que observan todo, esperando a subir.
-Bueno, ¿quién es el primero en pasar? -pregunta la señora.
Nadie levanta la mano ni se ofrece voluntario, tan solo permanecen quietos, mirándose unos a otros.
-Pues entonces tendré que elegir yo... haber... tú. -dice señalando a Enara Castillo Gómez, quien, en un acto de valentía, se acerca con todas sus cosas a la puerta, y pasa.
Nerea Fuentes Castillo no puede evitar juntarse las manos donde se encuentra el corazón y pensar en qué tal se encontrará su prima.
-Siguiente... tú. -dice señalando a Elías, para quien la cosa no va mal.
-Después yo. -se ofrece Nerea.
Y casi al mismo tiempo, ambos pasan con sus cosas por la puerta.
-Tú. -dice señalando a Ainhoa.
<Este momento tenía que llegar, tú lo sabías, no te va a pasar nada, es tan solo una puerta, y un camino al otro mundo.>
Ainhoa, coge sus cosas, cierra los ojos y pasa por la puerta, sin evitar tener que abrir los ojos en medio camino y encontrarse con un solo color que jamás había visto: el blanco.

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