viernes, 24 de enero de 2014

Capítulo 40

Se siente libre, viajando casi incluso más rápido que la luz, a la misma velocidad que Valeria ha cogido nada más transformarse.
Vuelan, o más bien, flotan a pocos centímetros del suelo de una manera tan bonita... pero son humo. Y eso del humo echa para atrás toda la belleza que tiene detrás este acto.
Por un momento se siente libre, se siente bien... es algo que en su vida ha sentido. Siempre ha tenido esa impresión de peso en los hombros, de tener que soportar todo lo que su padre dejó atrás.
Hace tiempo que no piensa en eso.
Su vista está nublada y el resto de sus sentidos se han agudizado, por lo que disfruta todavía más del ruido de la cascada que acaba de pasar, el olor del bizcocho de la casa que acaban de pasar ha llegado más intensamente a sus pulmones, y las canciones de los pájaros le han sacado una sonrisa incapaz de notar en tanta irregularidad.
Valeria le coge un poco de delantera, y la competitividad vuelve a ellas, medio chocándose entre ellas, pasando árboles como locas y casi estrellándose contra piedras, llegan a una casa apartada y oscura en medio del bosque.
De repente, en ese momento, su compañera se para, y Ainhoa, para después de ella.
Ainhoa, es aunque nadie lo crea, una chica que piensa que la suerte es fundamental en la vida, y se pone la mano en forma de cuenco para tocar su peca.
-¿Te duele? -pregunta Valeria, compadecida
-No, ¿debería dolerme?
-Por supuesto, yo estaría muriéndome por dentro?
-¿Por esto? ¿Estás loca o qué?
-La que está loca eres tú, pedazo de cristal que tienes clavado al lado del cuello.
-¿Cri-cristal? -tartamudea Ainhoa dándose cuenta de que algo puntiagudo sobresale del área en el que está haciendo el cuenco.
-¿Te duele?
-¡Ahora sí pedazo de imbécil!
Valeria abre la boca, extrañada y dolida, pero perfectamente sabe que está exagerando la situación, la mayoría de las veces lo hace.
Ainhoa se lleva los dedos ensangrentados a la vista, para ver lo malo que puede llegar a ser la herida, y nota un mareo cuando ve tanta sangre en su mano.
-¿¿¡¡No puedes hacer algo para parar esto!!?? -chilla histérica Ainhoa.
-Vuelve a convertirte en humo.
-¡Ahora no puedo que veo esto, pedazo de gilipollas! ¿¡Por qué te has parado!?
-Alguien me ha llamado.
-¿¡Qué narices has fumado!?
-Ya empiezas a hablar como los humanos... Vamos, llegaremos de alguna manera.
-¿Tal y como llegamos al pueblo por primera vez con Rafa? No todos son como ese loco y yo no estoy dispuesta a hablar del... ya sabes... del tema del cuello.
Unos pájaros salen espantados por algo no demasiado lejano, y si algo Valeria ha aprendido es que eso no es buena señal en ese lugar.
-¡Mierda! -exclama.
Valeria gira de un lado a otro, buscando el punto perfecto donde esconderse y observar todos sin que esa cosa que seguramente avanza se de cuenta.
Encuentra unos arbustos de la nada donde se puede observar casi todo y arrastra a la sangrienta entre las ramas que pueden abrir todavía más las heridas.
-¿Qué hacemos escondidas patéticamente aquí? -pregunta Ainhoa.
-Simplemente escondernos de la cosa que nos acecha. -responde Valeria.
-Estás paranoica.
-Gracias.
Ainhoa sale del supuestos escondite, mira para los lados e intenta no pensar en todas las heridas que la cubren como en un disfraz de zombie.
-Aquí no hay nadie, pedazo de paranoica.
Valeria sale como si alguien la estuviera persiguiendo de muy cerca y ella lo hubiera visto cinco veces mínimo sin que Ainhoa la crea.
-¿Quién hay ahí? -pregunta.
-El monstruo de las galletas. -contesta Ainhoa con voz grave.
-Prefiero que me llaméis Elmo.
-¿Elías? -preguntan las chicas a la vez.
-No, el mosntruo de las galletas antes mencionado por Ainhoa, ¿por qué me miráis como si fuera un bicho raro? ¡Soy el mismo Elías de hace una hora!
-Cubierto de musgo, eso sí. -añade Valeria.
-¿Pretendías que me pusiera guapo solo para veros?
A Ainhoa casi le da una arcada con ese comentario y por una vez, vuelve a tocar la tierra con los pies, no le gusta nada lo que está pasando.
-¿Y cómo volvemos?
-Creo que os gustará la idea de cómo he venido hasta aquí. -sonríe maliciosamente Elías.
Ainhoa duda de la diversión y Valeria parece curiosa, y una mezcla que conste de la vista buena de esos dos... no debe de ser nada bueno.
Cuando siguen a Elías por los estrechos caminos y se encuentra con dos caballos, uno blanco y el otro negro.
-Prefiero el negro, así que mejor que vosotras dos vayáis en el blanco.
-¿De dónde los has sacado? -pregunta Valeria, incrédula.
-Una historia más bien larga, ya os la contaré, ahora creo que van a necesitar nuestra ayuda.

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