miércoles, 5 de febrero de 2014

Capítulo 43

Querido hijo:
Necesito hacerte una importante pregunta que me preocupa desde hace un tiempo que me preocupa por todo: ¿quién soy?
La pregunta puede ser bastante obvia: ¡pues tú! Pero no habli de eso mismo, quiero algo más específico.
Cuatro niñas no paran de mirarme, una de ellas es pelirroja, no para de pintar las paredes con las manos, la rubia y la morena no paran de correr arriba abajo y desaparecer, por último, la chica con el pelo de color arena no para de mirarme.
Es extraño, y tengo que admitir que da algo de miedo que me mire con esos ojos grandes y fijos en los míos.
La chica pelirroja me mira con sus ojos miel, esos que tanto llaman la atención, y bueno, como pensarás, ahora que mi miedo se duplica.
Una señora mayor me llama, es hora de mi revisión, o algo así le llama a meterme un palo por la boca y ver si vomito negro o no.
Es asqueroso, pero a muchos no le importan que le hagan eso.
A mí, por lo menos me da repelús.
Detesto que sea mi hora, pero prefiero pasar antes que quedarme a las miradas de dos chicas, que de repente, como si estuvieran conectadas de alguna manera, se convierten en cuatro.
-¡Vamos, el callado! ¡Muévete! -grita una voz masculina y grave por el interior.
Bruno.
Eso es lo que llego a leer de lo que pone en el pequeño cartelito que le cuelga del cuello, muchos los llevan ahora, y es señal de que de cierta manera cutre, son los importantes de todos ellos.
Han pasado nada más y nada menos hablando arriba y abajo de cosas que no entendía yo, porque más que chino, sonaba al idioma de las luciérnagas, esas que van con luces.
Lo divertido ha sido que han aparecido unas luciérnagas delante de mis narices, pero he chillado como una nena y el chico ese, Bruno, me ha llamado maricón.
Si fuera por él seguro que me pondría uno de esos carteles por muy importantes que fueran con aquella palabra, solo para humillarme.
Todos parecen amables y sinceros, él en cambio es el mismísimo diablo.
Pero no hay mucho de que hablar.
Han dicho algo sobre una organización secreta, (no debe ser secreta pues supuestamente la conocen todos los Olvidados) y también sobre alguna amenaza mayor que no la conoce nadie.
Te digo yo que ni la una ni la otra tienen buena pinta, pero gente dice que tu padre volverá pronto a casa, antes de lo que tú te esperas, y ya no volverá a ser llamado maricón por Bruno el Demonio.
Aunque tampoco me estoy volviendo loco con el tema, la señora mayor, tan amable como siempre, lo ha llamado Brunito cariñosamente.
Eso ha sido una apuñalada en la espalda para el ego del veinteañero, o por lo menos eso pensaba él ante el fuerte abrazo de... ¿María?
¡Ya ni me acuerdo de mí ni de las cosas que he visto hace cinco minutos!
Llevo escribiendo notas y cartas como estas, pero por lo que parece han desaparecido, y soy el único que no sabe quien es.
Entonces he encontrado una carta sin enviar a un supuesto hijo y escrita por mí, por lo que por eso te lo pido, de amigo a amigo, o de padre a hijo, como prefieras.
Aunque como no sé nada... prefiero que sea de amigo a amigo.
¡Ah! ¡Y no te olvides de contestarme!
Puede que lo demás fuera optativo, pero hijo, esto es obligatorio y necesitado. ¿Tanto rencor guardas a este cabeza-hueca como para incluso impedirle lo que te pido?
Gracias por todo,
Te quiere,
Papá.

Querido señor,
No tenemos idea de quién es usted y nos envía este tipo de cartas, las recibimos todas ayer, y siento comunicarle que para empezar mi marido las quemó todas porque pensaba que le había sido infiel, lo cual no es así, tengo ochenta años y lo dudo mucho, seguro que usted apenas roza los treinta y cinco. Con todas disculpas, creo que debería de ir a un psicólogo.
Con supuesto cariño, no sé ni lo que le deseo más que buscarse un médico,
La Señora a la que Acaba de Fastidiar la Vida.

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