viernes, 25 de abril de 2014

Capítulo 64

Omar lleva solo diez minutos, y ya le está preocupando. No porque crea que alguien va a aparecer en cualquier momento, sino, justo por lo contrario, nadie ha aparecido ni ha pasado de largo en todo ese tiempo.
Hace tiempo que la luz lejana que se encontraba mirando ha desaparecido.
Le preocupa que los coalas hayan echo con Ainhoa, bueno, seguramente estarán subidos a los árboles mirándola, o si son listos, la habrán confundido tirando cosas.
Está por meterse dentro, a pesar de que hace mucho tiempo que no usa la técnica del humo, como su gran amigo Paco, dice gran amigo porque el hombre es grande y adulto, le decía siempre.
Nunca le ha gustado eso de convertirse en humo, o quizá lo hayan obligado a creer que eso no le gusta, ¡hay tantas cosas con las que han jugado en su vida! Ya no sabe con certeza que le gusta exactamente y qué no, deberá de experimentar.
¡Pero a qué le viene eso ahora! Se supone que debe estar concentrado por si ve a alguien que se acerca, el hombre con la enorme cicatriz, por ejemplo, el que tan mala espina daba. Además, él sabe perfectamente que los coalas están ahí, pero lo demás, parecen desconocerlo por completo, como si se hubieran borrado del plano.
Asustado por la idea, saca corriendo el mapa del bolsillo y empieza a buscar la trayectoria que han seguido hasta ahí.
Ve el árbol grande en la esquina, y ahí cierra la pared, de ahí en adelante no hay nada más, ni animales ni ningún otro objeto, por lo que es como si se hubieran transportado a otro lugar.
Pero, ¿cómo? Si todo lo que se veía era normal. Para ellos era como estar paseando en un parque o en zoo, lo que se supone que es eso.
-¡Ainhoa! ¡Sal de ahí!
Pero ella no la oye, y por mucho que grite, no lo va a oír.
Omar se decide, o sigue vigilando aquel lugar desierto al que nadie importa o se mete dentro. Pero por mucho que él se intente convertir en humo, no lo consigue. Ese es el peor momento para fallar, y además, con lo nervioso que está, por cualquier minúsculo ruido, le va a dar un infarto.
Quizá sea esa la razón por la que no funcione.
Vale, Ainhoa no puede, está ahí dentro y no saldrá, entonces le queda Nerea.
Mira por última vez la jaula, que en ese momento le coge una forma como el de una celda, y sale corriendo por el sitio por donde ha venido, sin preocuparle nada.
Llega al árbol y se para, quiere observar bien qué camino tiene que coger para no equivocarse y llegar a la fuente.
Una vez orientado, se da cuenta de que ha oscurecido mucho, demasiado y que no se encuentra nadie. ¿Y qué pasa con aquellos que son encontrados una vez que algo ha cerrado? Son tomados como ladrones.
"Mierda" es lo único que pasa por su cabeza una y otra vez. Es mal deportista y no lo van a creer, ahí nadie le conoce.
Además, las posibilidades de encontrar a Nerea disminuyen rápidamente.
Mira para los lados, perdido, lo único que le queda es darse media vuelta y esconderse hasta que Ainhoa salga para luego buscar a la otra chica.
Cierra los ojos y los abre, pestañea varias veces para ver si se trata de otro efecto visual como el camino que les ha llevado a la cárcel de los coalas.
Nada, todo sigue igual, ¿cómo es posible que ahí el tiempo pase tan lentamente cuando afuera ha pasado al menos una hora? Y eso porque es lo único que puede deducir de esa situación.
Se siente perdido y solo, de la misma manera en la que se encontraría si estuviera en Daemón, no tiene a nadie con quien estar, incluso la presencia de aquel tipo lo tranquilizaría, para un par de segundos, luego saldría corriendo como si no hubiera un mañana. Bueno, eso haría él y cualquier otra persona existente en la Tierra.
Tan rápidamente como la oscuridad ha aparecido, vuelve la luz junto al sol, pero la gente sigue sin aparecer por ningún lado. Cuando Omar pille al graciosillo que está jugando consigo lo va a...
Tranquilidad, Omar, tan solo estás pasando un mal tiempo, que seguro que no es el peor de todos, no pasa nada por una vez en la que te sientes perdido y nadie te puede decir nada, ya es hora de que aprendas a saber lo que quieres y debes hacer en cada momento.
Pero por mucho que se lo repita su autoestima y él por completo se encuentran en el nivel más bajo.
-¿Hola? -se le ocurre preguntar.
¡Pero será tonto! En las películas de terror siempre se pregunta lo mismo, y el personaje muere en tan solo cinco minutos.
Respira hondo y empieza a andar hacia la salida, esa tienda pequeñita con objetos de animales que tanto gustan a los niños... y a él también.
Su corazón palpita más despacio cuando ve que cada vez, por el camino se encuentra más y más gente y todo vuelve a la normalidad.
Bueno, casi todo, Ainhoa sigue donde sea que esté. Y eso le preocupa lo que más.
Alguien le toca la espalda por atrás fuertemente, como si no contestara o no sintiera nada.
El silencio es absoluto y la oscuridad vuelve, a pesar de que la gente que no emite ruidos sigue presente, es el momento más raro de su vida. Cada día se supera.
Siente una torta que le viene lejana en la cara. Pestañea. Fuerte. Pero sigue sin ocurrir nada.
-Omar, ¿quieres despertar? -la voz le viene lejana, pero siendo la primera que escucha en mucho tiempo y encima le suena conocida, le aporta tranquilidad.
Todavía no sabe de quién es.
La luz en sus ojos comienza a hacerse más y más blanca hasta que todo vuelve a coger forma y se encuentra de pie, en frente de Nerea y delante de la tienda de la salida.
-Chico, que llevas en estado zombie unos cuantos minutos y no me haces ni caso.
-Lo siento. ¿Y Ainhoa?
-Lo mismo te llevo preguntando unos cuantos minutos. Y disculpas aceptadas. Siento darte la torta.
-Otras disculpas aceptadas, pero bueno, me has espabilado un poco.
-¿Así que recuerdas?
-¿Estaba dormido?
-Un poco.
-Entonces supongo que sí. Un hombre con una cicatriz enorme en la cara nos ha dicho por dónde se encontraban los coalas, al lado del árbol grande, hacia el camino del norte.
-¿Sabes que ese camino da hacia el muro que da fin al zoo?
-Sí, pero todo parecía tan real. Había una luz. Era como una puerta hacia un lugar que está pero no está, y donde Ainhoa se ha metido.
-Resumiendo, que la hemos perdido.
-Quizá eso la haya llevado a otro lugar.
-Pero a ti te ha...
-Me ha perdido, me ha echo ver mis miedos, una realidad muy lejana pero que he vivido. Pienso que la piedra debería de estar por ahí.
-¿Qué piedra? ¿Ésta? -dice Nerea orgullosa mientras que saca la piedra de color azul marina de su bolsillo derecho y se lo enseña a Omar.
-¿Dónde estaba?
-En la tienda. Junto a Alba, su madre esperaba en la caja, no me ha visto, pero ella sí, y me ha dado un muñeco, ¿a qué no adivinas lo que había detrás en el muñeco pegado como con cola?
-La piedra.
-Sí. Los coalas estaban metidos en una jaula de peluche muy cuca y los coalas estaban subidos a un árbol grande. Precioso y muy mono. -cuenta Nerea recuperando la piedra.
-Ahí es donde Ainhoa y yo estábamos.
-No me fastidies.
-Es la verdad.
-¿Entonces la luz era la piedra y Ainhoa es un pequeño peluche?
-Es lo más cercano que se me ocurre.
Nerea suspira y le indica con la cabeza al chico que entren.
-¿Y Marcos?
-Entró y no lo volví a ver más.
-Raro.
-No más que lo tuyo.
-En eso tienes razón.
No hay mucha gente, de echo, todos se encuentran en caja, por lo que Nerea y Omar andan tranquilos mientras que la chica lo lleva a la cárcel de los coalas de peluche.
-Esas piedras son peligrosas. -comenta Omar mientras que asustado, observa el lugar donde hace tan solo media hora había llegado.
-Ya. Lo que yo veía Ainhoa y tú lo habéis vivido. ¿No es flipante?
-Asusta.
-Ya, pero mola.
-¿Está Ainhoa?
-No. -niega Nerea triste.
Omar siente una punzada en el corazón y un nudo en la garganta se le forma, que aclarándose el cuello un poco, desaparece tan rápido como ha aparecido.
-Salgamos. -dice después de un tiempo.
La chica asiente y obedece. Al salir, ambos se paran delante del zoo.
-¿No has dicho antes que un hombre os ha dicho por dónde ir?
-Daba miedo.
-Ya, pero da igual. Ya hemos perdido a Valeria, no pienso perder a otra más, ¿Vale? Así que lo buscamos  y le pedimos explicaciones.
-No hace falta que lo busquemos.
-¿Tan cobarde eres?
-No, se encuentra delante.
Nerea mira con decisión. El hombre también los mira. Cuatro ojos contra dos, pero los amarillos del hombre son suficientes contra los verdes de Omar y los marrones de Nerea. Quizá sea por la confianza, quizá sea por cualquier otra cosa.
Pero la chica no se da por vencida y con paso firme y rápido al hombre. Omar duda si en seguirla o no, pero se encuentran en esa situación porque no ha seguido a la chica, por lo que prefiere no volver a cometer ese error.
-¿Dónde está Ainhoa? -pregunta con decisión la chica.
-Donde debe de estar. -contesta el hombre con tanta tranquilidad que llega a dar rabia.
-Ella no te ha preguntado si está bien o no, solo te ha preguntado dónde está. En que lugar, y queremos la respuesta exacta. -interviene Omar a pesar de seguir detrás de la chica.
El hombre sonríe con sus dientes blancos y perfectos. No es ninguna sonrisa de superioridad ni por el estilo que ninguno se imaginaba, es más bien una sonrisa sincera, de comprensión, y después de eso, saca la cartera que se encuentra en uno de los bolsillos de su abrigo.
Abre la cartera marrón y Nerea mira un poco por encima para descubrir algo de él, pero a lo único que llega es a ver a cuatro niños junto a él y una mujer en una foto, y otra foto con ellos además de otra mucha gente mientras que la mujer, en esa, ya no aparece.
A Nerea se le hace un nudo en la garganta. Ella ha perdido a casi toda su familia, y no tiene ninguna foto de ella.
Omar, en cambio, mira la etiqueta que tiene en una esquina, donde como mucha gente lo hace en la ropa, tiene su nombre escrito.
Pedro Espinosa.
-Esto para el caballero y esto para la dama. Para terminar, de parte de la señorita, dónde podréis encontrarla, pero, para ello, necesitaréis encontrar a otra persona. Consejo, no busquéis nada en especial.
-Gracias. Supongo. -agradece Nerea.
Omar y Nerea se van.
-Está chalado. -comenta Nerea.
-Como todos los demás. -añade Omar.
-¿Buscamos a Ainhoa?
-Esa piedra es parte de las otras, la atraerá como a los demás.
-¿Entonces no la buscamos?
-Por ahora.

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