miércoles, 21 de mayo de 2014

Capítulo 70

-¡Más rápido! -exige Ainhoa.
-Sí, y nos pilla la poliiiiiiiii. -exclama Rafa medio cantando y moviéndose sin parar en la silla del conductor.
Moe mueve la cabeza como si estuviera interesado en la música y la sintiera, y mientras, Nerea, lo mira divertido. Un perro bailarín, una buena elección.
Rafa tararea, pero parece algo incómodo. Algo muy extraño en él. Ainhoa y Nerea nunca se habrían imaginado que se podría cortar en una situación. De echo, no han conocido a nadie tan energético e insistente como ese hombre.
Pero el nombre de la noche no es Rafa, sino Marcos.
Ainhoa no se lo ha explicado todo a Nerea, pero ni falta que hace, con que se diga que Marcos es quien tiene la piedra del padre de la primera basta. Y que huyera de su propio recuerdo más todavía. Eso es algo que ninguna de las dos consigue comprender.
-¿Hay algo mejor que un viaje en coche? -pregunta divertido y de la nada Rafa.
-No sé. -contesta Ainhoa.
-¡Un viaje en coche por la noche! Es cuando las cosas más emocionantes ocurren.
-¿Cómo ver a Moe bailando? -se aventura la pequeña.
-¡Eso y mucho más! -exclama. -¡Qué pena que no haya ninguna fiesta! En serio, es lo mejor para olvidarse de las cosas.
A Ainhoa, esa frase le hace pensar. Siempre ha vivido en presión, a ella la olvidaron, y ella siempre ha llevado ese peso sobre los hombros. Pero no solo ella, todos los Olvidados, incluso los poderosos, son iguales en ese aspecto.
Con el tema de los poderosos le vuelve Omar a la cabeza.
Ese chico la vuelve loca. En el buen y en el mal sentido, ni siquiera sabe lo que es realmente, y el no saber dónde está desde hace tiempo la mata.
Nerea lo nota, y le pone una mano en el hombro, pero hace como si no le importara. De echo, a ella, le importa, pero prefiere hacer como sino.
-¡Aquí está bien, Rafa! Muchas gracias.
-De nada. -dice él con una voz melancólica mientras que se despide de las chicas.
Cuando se bajan del coche, todavía se encuentran a la altura de la carretera que se une al bosque, por lo que empiezan a andar rápidamente.
-Ha sido muy extraño. -dice la mayor.
-Todo lo que lo rodea ha sido siempre extraño. -sentencia Nerea.
Ambas siguen adelante, a la par, pero en realidad, Ainhoa sigue a su compañera hasta la casa de Marcos, de ahí en adelante, tendrán que seguir las piedras.
A lo lejos, ven un puñado de casas. Por fin. No han llegado, pero están bien cerca.
Se acercan un poco, pero la mano de Ainhoa detiene a Nerea.
-¿Segura de que no es ninguna ilusión?
-He estado aquí físicamente con un perro y dos amigos. Estoy segura de que no es una ilusión, y si lo es, pues lo afrontamos juntas y ya está, tan difícil no será, ¿verdad?
-Es que todo lo que rodea al chico siempre me ha dado mala espina.
-Será porque no lo conoces. Es muy simpático.
-Me lo imagino, poca gente es capaz de soportar a Elías.
-Y de ayudar a Leo en tantas cosas. Pero quieras o no, todos nosotros necesitamos ayuda de los demás, porque somos pesos pesados. Y bueno, pues hay que aceptar las ayudas, porque dos son mejor que uno.
-Eso lo has sacado de los rebeldes.
Ella lo niega con la cabeza.
-Los rebeldes nunca dejan a nadie detrás, pero siempre hemos sido unas personas bien cabezotas. Estos son pensamientos míos.
Ainhoa sonríe. Entonces piensa que de una forma u otra, a reemplazado a Irati con todos los demás amigos que ha echo y de los que se encuentra rodeada. Un sentimiento la invade: la culpabilidad. Pero Irati tiene que estar bien, ¿verdad?
Bueno, cada día falta menos para que se marchen, y a estas alturas, seguro que regresan mucho antes de lo esperado.
Ainhoa, durante los últimos días, ha solido pensar más de lo que debería, cuando antes se solía fiar de sus instintos, ahora lo hace de su cabeza.
-Oye, Nerea, ¿qué sentías cuando tu cabeza iba hacia atrás?
A la chica se le escapa una sonrisa tímida.
-Nada, realmente. Cuando volví a ser yo. Morriña.
-¿Morriña por volver a Daemón?
-No, por ser una niña despreocupada rodeada de gente a la que nunca me he dado cuenta de lo que quería.
-Yo nunca sabré lo que es eso.
-Dices eso y te pego una bofetada.
Ninguna de las dos añade nada más, porque cada una de ellas, saca su piedra para buscar aquello que deben buscar: a Marcos.
-Es como cuando los barcos siguen la luz de los faros.
-Nos acabas de comparar con objetos de metal.
-Con lo bonito que me había quedado... -resopla Ainhoa.
Nerea le saca la lengua y le toma la delantera.
-¡Oye, espera! -se queja la otra chica.
-Y en este momento es cuando escuchamos un ruido. -dice Nerea mientras que se para y también le da esa orden a su amiga.
Algo se desploma.
-¿Cómo lo has sabido?
Nerea se resiste a decirlo y avanza con toda la seguridad por la calle de la derecha mientras observa cómo la luz de la piedra se hace cada vez de un azul más intenso.
-En serio, ¿cuéntamelo? ¡Espera! ¿El poder de tu familia es la videncia?
-¡Qué va! Sino, no estaríamos aquí, ¿no te parece?
-Cierto. ¿Entonces cómo has sabido?
La insistencia de la chica la saca un poco de quicio, pero se sigue resistiendo y con toda seguridad, se para delante de una casa un poco abandonada. A la pequeña, la parece una casa más, pero a la mayor, esa casa le suena demasiado.
-¿Te suena?
-Te diré de qué si tú contestas mi pregunta.
-Mierda. Vale, he visto a un tío tan pedo que no podía casi ni hablar.
-¿De dónde has aprendido ese lenguaje?
-¡Yo qué sé! Es el que escucho en todas partes, y ahora te toca a ti, contéstame.
-No tengo ni la menor idea.
-Eres mala y manipuladora.
-Lo sé.
-Pues ahora, pequeña bruja-niñata, vamos a entrar ahí adentro y me vas a contar todo lo que se pase por la cabeza. Me debes demasiados favores.
Ainhoa no replica, tiene razón, pero no tiene intención de hacerlo. Entra y observa todos los alrededores.
Las paredes están cubiertas con un papel beige y unos detalles de pequeñas flores cerca del nivel del suelo y del techo. Como otros adornos, también tienen varias fotos, y hay una cómoda a lo fondo del pasillo.
Con lo curiosa que es Nerea, no duda en ir a abrir todos los cajones. Ainhoa, prefiere observar, ese tipo de cosas nunca traen nada nuevo.
Y en efectivo, un ruido se escucha cuando Nerea abre el tercer cajón, y de ahí sale un bicho que la hace gritar y se posa en su cabeza. Con el grito mismo, el ratoncito cae de su cabeza como un pequeño saquito lleno de arena.
-¿Lo has matado?
-Probablemente.
-Eso es un sí.
Ainhoa se adelanta y busca el lugar donde puede estar Marcos. Decide comenzar por la cocina, el lugar donde se encontró con el chico de los ojos verdes.
-¿Qué queréis?
-Nerea abrir todos los cajones y matar a todos los seres vivos. Por mi parte vengo a buscar lo que está en tu bolsillo izquierdo.
-Esta vez lo he cambiado de bolsillo para confundiros. Y tendrás que venir a buscarlo.
-¿Por qué lo necesitas, Marcos?
-¿Y vosotras?
-Porque esa cosa es lo único que puede hacernos dar un paso de gigante después de haber retrocedido tanto, creas o no, nosotros lo necesitamos más que tú. No es un amuleto.
-Lo sé. Veo cosas.
-Lo raro sería que no los vieras.
-¿Está hechizado?
-¿Qué dices?
-La primera vez me asustó, desde la segunda, me ha ido gustando, y mucho. He descubierto cosas de las que llevaba esperando tanto tiempo por saber, tanto que mi madre me había escondido.
-¿Lo qué? ¿Dónde se encuentra tu muñeco de niño pequeño? ¡Hay asuntos más graves que pensar en uno mismo! Y este, es el momento menos oportuno.
-Todos los momentos son inoportunos para pensar en uno mismo.
-Pero este es extremadamente delicado.
-¿Va a explotar el mundo si no lo hago?
-No.
-¿Entonces?
-Mira, Marcos. No lo entenderías.
-¡Ya! ¡Todo el mundo me dice lo mismo! Lo entiendo, entiendo la vida y todos los riesgos que hay, pero por una vez que empiezo a pensar en mí mismo, dejad de incordiarme tanto. No lo entiendes. No sabes del tema. ¿Por qué todo el mundo usa las mismas excusas?
-Porque son las necesarias. Quieras o no, no puedes entender...
-¿Que las cosas fantásticas y paranormales existen? Bien que lo sé. Ésto lo demuestra. -dice el chico mientras que se saca la piedra del bolsillo izquierdo y se la muestra.
-¿No decías que lo tenías en el bolsillo derecho?
-Has picado. Por lo que he hecho bien. Todo el mundo miente, por una mentirijilla más no pasa.
-¡Que me des la piedra!
-¿Haber cómo te lo digo para que lo entiendas? Ni. De. Coña. ¿Necesitas alguna palabra más o te ha quedado claro?
-¿Me quieres dar la piedra de mi padre o qué? -explota la joven.
El chico se queda alucinado, anonadado, sin saber qué decir, petrificado, como si la mayor bomba hubiera explotado delante de sus narices.
-¿Tu... padre?
-Sí, ¿algo en contra? Casi no sé nada de él pero es la única cosa que me puede dar respuestas, así que dámela. -insiste la chica mientras que extiende la mano.
-No puedo.
-¿Por qué?
-Porque también son los recuerdos de mi padre.
-Menudo corte. Yo mejor me voy. -interviene Nerea.

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